
Se sentaron en aquel banco. El niño con la cabeza levemente inclinada y las manos descansando en sus rodillas, mientras las nubes permitían que el sol, atravesando un tamiz de azahar, fuese secando el rocío. El padre, posaba su brazo sobre el hombro de su hijo, protegiéndolo. Llevaban caminando desde muy temprano. Todos los domingos acostumbraban a pasear desde casi el alba hasta la hora del Ángelus. Cada paseo era una entrega de la enciclopedia de la educación, del más importante manual que a lo largo de nuestra vida debemos digerir.
Acostumbraban a entrar en la Catedral, más tarde o más temprano. A veces, se camuflaban en un grupo de turistas y atendían a las explicaciones del guía. El guía venía a ponerle el texto a lo que se colaba a borbotones por sus ojos. Cuando salían, después de entrar en la Capilla Real, era habitual que fuesen asaltados por algún extranjero que preguntaba por donde se iba a la Macarena.
Eran horas en las que se alternaban las “materias”: arte, naturaleza, geografía, religión, ética…Al niño lo que más le gustaba era el arte. Preguntaba y preguntaba, y nunca terminaba de saciar sus ansias de aprender. La mente de aquel niño, aunque a veces fuese sin querer, iba absorbiendo aquellas enseñanzas. El padre hacía de padre y de maestro al unísono.
Cuando se sentaron en aquel banco, aquel día, por primera vez el niño comenzó a valorar en justa medida algo que es imposible valorar, porque no tiene precio, ni medida, ni cuantificación alguna: la educación.
Hoy ese niño ha crecido, y entre otras muchísimas cosas buenas, tiene un blog en el que le agradece a su padre la mejor de las herencias. Cada domingo por la mañana cuando me levanto, repaso la lección. Espero no olvidarla nunca.
Acostumbraban a entrar en la Catedral, más tarde o más temprano. A veces, se camuflaban en un grupo de turistas y atendían a las explicaciones del guía. El guía venía a ponerle el texto a lo que se colaba a borbotones por sus ojos. Cuando salían, después de entrar en la Capilla Real, era habitual que fuesen asaltados por algún extranjero que preguntaba por donde se iba a la Macarena.
Eran horas en las que se alternaban las “materias”: arte, naturaleza, geografía, religión, ética…Al niño lo que más le gustaba era el arte. Preguntaba y preguntaba, y nunca terminaba de saciar sus ansias de aprender. La mente de aquel niño, aunque a veces fuese sin querer, iba absorbiendo aquellas enseñanzas. El padre hacía de padre y de maestro al unísono.
Cuando se sentaron en aquel banco, aquel día, por primera vez el niño comenzó a valorar en justa medida algo que es imposible valorar, porque no tiene precio, ni medida, ni cuantificación alguna: la educación.
Hoy ese niño ha crecido, y entre otras muchísimas cosas buenas, tiene un blog en el que le agradece a su padre la mejor de las herencias. Cada domingo por la mañana cuando me levanto, repaso la lección. Espero no olvidarla nunca.