Huele a cera, a aguardiente, a incienso; nubes y claros. El bacalao negro y oro está esperando, es testigo “de protocolo”. Ya no se ve. Plumas y más plumas lo tapan. Claros y nubes. La música va alejándose de izquierda a derecha para dejar paso a la Espera.
La Espera nos trae el recuerdo, nos deja pensando en el ayer, en la vida y en la muerte, en nuestra gente…la que está, la que no está.
.jpg)
- ¿Cuántos tramos han pasado?
- Pues no sé, yo creo que la Virgen debe estar ya en San Juan de la Palma.
Las nubes y los claros nos distraen en esta espera mágica, en esta impaciencia que nos va a destrozar los nervios. Tengo los gemelos como los de un romano de Miñarro, de tanto ponerme de puntillas. Ya queda menos. Los nazarenos pasan en gracioso desorden, en una anarquía maravillosa que, paradójicamente, es el prólogo aterciopelado de la Perfección. Los cirios se van tiñendo de verde. Nuestro corazón también.
- ¡El bacalao!
- Entonces ahora es cuando está en San Juan de la Palma, o quizás ni haya llegado…si yo te lo dije, que todavía quedaba un rato.
A partir de aquí, es el alma lo que me tiembla. A partir de este momento todo pasa como si fuese un sueño. Ya nadie habla con nadie, la conversación no ha lugar. Otro año más, en el mismo sitio y a la justa hora que Ella quiere. La llevo viendo desde las primeras horas de la madrugada, aquí es Ella la que me mira porque yo a duras penas consigo despegar el mentón de mi pecho. Y cuando lo despego, me deslumbra su majestad y no puedo apenas mirarla.
Ya no nos distraemos con el cielo, ahora estamos en él.
Sé siempre nuestra Esperanza. Y ruega por nosotros. Amén.